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La evolución del capitalismo en al menos los últimos 100 años se ha encargado de ir mutando el significado del término liberación.

Cuando tener colonias era parte del cotidiano para franceses, ingleses, belgas y otros países europeos, había pueblos enteros sometidos a vasallaje y explotación aviesa de sus recursos naturales, con el acuerdo solo de una minoría de la población local.

Todos entendíamos el origen y el sentido de las guerras de liberación, desde Argelia a Vietnam.

En paralelo se desarrollaron los conflictos de conquista provocados por un país en guerra permanente, como Estados Unidos, tanto en América como en todo espacio mundial que considerara apetecible para su hambre de poder.

Fue el tiempo de superponer la liberación de las colonias, con la liberación de la dependencia económica generada por la expansión imperial norteamericana, liderando a corporaciones productivas o financieras del mundo desarrollado global.

El mapa colonial y/o dependiente se estableció hasta hoy en el mundo con variaciones que fueron desde la apropiación directa de tierras, como nuestras islas Malvinas, en que se reemplazó la población original, hasta el dictado de códigos supranacionales que facilitaran la hegemonía extranjera, como las leyes de minería de los 90 o los programas de estabilización africanos de los 80.

Toda esa lógica de definición de la vida de poblaciones enteras por encima y por fuera de sus fronteras ha tenido enfrente a espacios de resistencia como los que conocemos especialmente muy bien en nuestro continente, desde la inmediata posguerra de mitad del siglo pasado hasta la actualidad. 

En todos nuestros países, que habían accedido progresivamente a la democracia representativa, con voto universal y secreto para los hombres, sumando décadas después a las mujeres, apareció una nueva manera de confrontar.  

Consistió en agrupar fuerzas capaces de vencer en las urnas a las propuestas que favorecen la concentración de capital, la preeminencia del capital extranjero, el consiguiente aumento de la desigualdad y la pobreza, aún cuando la producción crezca.

Esas iniciativas, nunca se estabilizaron, en país alguno. En parte, por la dimensión de los problemas a resolver y la insuficiencia de los intentos al respecto y a su vez, por la persistencia y potencia de los intentos de mantener el statu quo conservador, que no vacilaron en apelar a todo recursos imaginable.

El fraude electoral, los golpes militares, la cooptación de los políticos elegidos con discurso popular, los bloqueos a la exportación de productos locales y a la importación de insumos imprescindibles en las cadenas de producción, hasta el asesinato de líderes como en el caso de Salvador Allende, todo se probó para frenar o eliminar la reacción de los pueblos.

Hasta que la tecnología de comunicación masiva permitió campañas de manipulación de voluntades a escala gigantesca, incluyendo la construcción de escenarios falsos que degradaron la credibilidad de los líderes populares, agigantando su incapacidad para atender eficazmente las necesidades comunitarias.

Esto permitió un salto de calidad: Tomar el poder utilizando el instrumento glorificado por la democracia; el voto universal.

En Argentina sucedió por primera vez en 2015 y progresivamente se repitió en toda Latinoamérica, a excepción de Cuba y Venezuela, aunque en esta última se apeló al secuestro de su Presidente, recuperando el camino de la invasión directa.

En concreto, hoy un subcontinente con 450 millones de personas está a punto de tener gobiernos pro norteamericanos en casi su totalidad – cuando se defina el balotaje brasileño – , en la gran mayoría de los países por elecciones en que los derrotados son la mitad de la población casi exactamente.

Con un agregado también común a todos los procesos.

Los representantes del imperio han ganado en las urnas y a continuación intentan gobernar sin respetar ninguno de los valores que fundaron la lucha por lograr la democracia representativa.

Su objetivo es beneficiar a sus mandantes externos; participar como socios menores de la rapiña; desarmar todo componente del estado de bienestar; ignorar a los segmentos del estado que no controlen; en síntesis: actuar por y para sí, al margen de toda posibilidad de representar los intereses de la comunidad.

Nada más parecido al escenario que tiene vigencia en una colonia.

En este momento histórico 200 millones de latinoamericanos no solo hemos perdido elecciones presidenciales. Estamos literalmente presos de las decisiones de quienes fueron elegidos por el canto de una uña y a pesar de eso asumen el derecho de definir el destino para todos y todas, sin tener en cuenta en lo más mínimo ni nuestra mirada ni nuestras necesidades objetivas.

Se trata de una nueva forma de opresión y se necesitan nuevas formas de liberarse de ella.

Las etapas son dos: primero nosotros y luego la Nación, porque han organizado sistemas que hacen cada momento más difícil recorrer el camino inverso.

Nunca antes se nos había planteado este desafío, ya que siempre imaginamos que acceder a un gobierno popular a través del voto sería posible a partir del reiterado fracaso de la gestión de la derecha y de la creciente lucidez de nuestras propuestas.

Lo último ha sido más que discutible, pero sobre todo lo primero – el fracaso de la derecha – es ocultado por la desinformación, la mentira, el miedo a escenario supuestamente peores, la compra de voluntades y por el objetivo último: alcanzar la resignación de grandes sectores, hasta asumir que una vida de postergaciones es lo que nos espera y debe ser asumida.

¿CÓMO?

 El punto es: ¿cómo conseguir liberarnos en un país sojuzgado por la codicia y la mezquindad de unos pocos y con eso poder construir el camino para liberar a las mayorías?  

No hay caminos violentos ni imaginables ni deseables.

No son concebibles golpes institucionales que impliquen represión de la mitad del país.

Paso a paso.

¿Qué quiere decir “liberarnos” sin disponer del control del gobierno nacional?

Quiere decir aprender a pensar la comunidad en dos macroniveles. Uno,el nivel nacional, en que si se dispusiera de las herramientas institucionales se preservaría los recursos, a la vez que se les agregaría valor para nosotros y para las futuras generaciones; se administraría las divisas como un recurso siempre escaso y que no producimos, con lo cual se procuraría argentinizar todos los ámbitos financieros y productivos al alcance; se contaría con planes específicos para garantizar vivienda y trabajo para todos, eliminando de cuajo la pobreza; y así siguiendo con los programas de acción que aseguren una comunidad equitativa, educada y con salud.

Todo eso debiera ser una formulación de objetivos permanentes a alcanzar y serviría no solo para actuar en las áreas de gobierno que se controlen sino también para confrontar con la sociedad suma cero que propone la derecha desde siempre.

El otro nivel, poco o nada explorado habitualmente, es la construcción de espacios comunes de atención de necesidades al interior de la mitad de la población que no vota a la derecha, porque tiene el umbral de lucidez necesario para advertir que ese es un camino de autodestrucción.

Ese espacio tiene en Argentina más de 20 millones de personas – más de 200 millones en Sudamérica – , que están agrupadas socialmente en comunidades con identidad religiosa, en clubes de muy variada dimensión, en numerosas formas de referencia mutua, además de contar con gobiernos locales o regionales que entienden que el camino no es el neoliberalismo.

Dentro de tal entramado pueden definirse soluciones a la atención de necesidades básicas y también para la proyección de la vida digna, que tengan autonomía del gobierno nacional y seguramente, con el análisis adecuado, que permitan fortalecer vínculos internacionales que le den solidez a un entramado propio.

Desde las organizaciones de comercio exterior con conducción federal o los bancos regionales con política popular diferenciada, hasta las cooperativas de vivienda o la agricultura apoyada por la comunidad, en que los consumidores financien a los pequeños productores y aseguren su canasta alimentaria.  Todo eso es posible para la mitad de la Argentina que busque liberarse ya.

Perseguir los votos presidenciales camuflándose de administradores buenos del neoliberalismo, es una modalidad repetida de acceso al poder político nacional. Puede incluso salir bien para ese objetivo.

Pero ya es demasiado frecuente que salga mal.

Y además, no es el único camino. La mitad de la población puede mostrar al resto de los compatriotas, en pocos años, como se deben hacer las cosas para ser libres de verdad.

La condición para eso parece simple, pero como no ha sido recorrida nunca, resulta desafiante: pensar como comunidad y como gran comunidad; entender que homogeneizar líneas de acción en que millones son participantes es un camino valiosísimo, aún antes de triunfar en las urnas. 

13.10.26

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