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El capitalismo ha llegado a su límite: concentra riqueza sin resolver necesidades básicas y reemplaza toda explicación por el odio al otro. Frente a este escenario, no alcanza con disputar el poder dentro del sistema; es necesario cambiar su lógica. El desafío es reorientar la producción desde la ganancia hacia la satisfacción de necesidades comunitarias, recuperando el trabajo como fuente del valor y reconstruyendo formas colectivas de organización que hagan posible una vida más justa.


por Enrique Martínez

Cada forma de organización social tiene dos facetas centrales: la manera en que se relacionan las personas para producir y distribuir los bienes que consumen y por otro lado la representación de ese vínculo en la subjetividad colectiva, que busca explicar – en la mayoría de los casos justificar – las desigualdades, la diferencia de oportunidades, la explotación en suma, para dar sustentabilidad al estado de cosas vigente.

El capitalismo, en todo lugar, ha llegado a su límite. 

La concentración de la riqueza es descomunal y hasta parece no detenerse ante el hecho evidente que es enorme la fracción de la población que trabaja sin poder consumir lo elemental.

El discurso público no es capaz de explicar el lado bueno de tamaña inequidad. Ha optado por incentivar el odio al otro, al migrante, al discapacitado, hasta el jubilado, como si su presencia fuera la causa que cada vez más bolsillos queden vacíos más tiempo que llenos. Matarnos entre nosotros o dejar morir a muchos no parece la solución promisoria.

Se puede discutir cómo acumular fuerza para acceder a las instituciones formales de la democracia, para desde allí buscar caminos más justos. En realidad, eso es lo que hacen los políticos con vocación popular gran parte de su tiempo.

Tratan de evaluar el ánimo ciudadano, las alianzas posibles, se sumergen en la aritmética pre y post electoral. Sea. En esa dinámica, sin embargo, ha quedado oculta, casi sepultada, la discusión de qué hacer desde la conducción de alguna de las burocracias a que se puede tener acceso.

A esto quieren aportar las reflexiones que siguen. Como adelanto central, debo señalar que creo firmemente que la acumulación de poder institucional es necesaria, pero ni de lejos es la única tarea que lleva a escenarios más vivibles. Si nos limitamos a esa pelea es probable que terminemos una y otra vez defendiendo un capitalismo “bueno”; el fifty-fifty; como si el problema fuera centralmente de gestión de un sistema, más que estructural, de la forma de relacionarlos para producir y de los valores que emergen de esas relaciones.

LAS BASES

El capitalismo se fundamenta en tres factores de producción originales y un cuarto que el siglo 20 mostró necesario diferenciar: el capital, el trabajo, la tierra y además la tecnología.

Como Karl Polanyi y tantos otros han señalado, la evolución del sistema eliminó la independencia de esos factores, al imaginar – y conseguir – que el capital pudiera comprar la tierra, la tecnología y finalmente el trabajo, monetizando la vida al extremo y naturalizando la hegemonía absoluta de uno de los cuatro factores.

Los gobiernos buscan quien ponga capital. Después veremos para qué.

Y aquel que ponga capital lo hará por una razón excluyente y considerada enteramente válida: tener más capital.

Desde el corazón del sistema hay quienes advierten la fragilidad de esa lógica que termina siendo una aspiradora gigante del capital social. Buscar la ampliación del capital sin agregar valor a nada resulta una derivación obvia. Es lo que se conoce como la financiarización de la vida. Mariana Mazzucato es un ejemplo de tesonero esfuerzo por cambiar el foco, asociando el desarrollo a la atención de las necesidades comunitarias y desde allí organizar nuevas formas de Estado, sin la hegemonía del capital.

Desde China o Vietnam, a su vez, llegan a su edad adulta modelos que combinan la independencia empresaria con la planificación comunitaria y que tienen por fin mejorar la vida de centenares de millones de personas dentro de una sola frontera, utilizando el funcionamiento del mercado como correa de transmisión. A su vez, estas experiencias, por su enorme influencia en el resto del mundo, generan efectos sobre los países periféricos que no han sido estudiados de manera sistemática, sobre todo por insuficiencia de la mirada política de nuestros países.

Pienso que es nuestro deber pensar el presente y sobre todo el futuro, desde la realidad de comunidades que en esta concentración salvaje hemos perdido no sólo buena parte de nuestro patrimonio, sino también los valores dentro de los que organizábamos la vida.

¿QUÉ TENEMOS? ¿QUÉ NOS QUEDA HOY?

Básicamente, tenemos un cruce de caminos.

Si insistimos en admitir la hegemonía absoluta del capital y las finanzas, todo nuestro esfuerzo por construir mejores escenarios, se limitará a intentar acotar el poder concentrado y a promover los actores de menor dimensión, pero que en esencia comparten los valores de los poderosos.

Si, en cambio, estamos dispuestos a asumir que por allí no hay salida; que hay que formar parte de una mutación que ponga la comunidad en primer término, deberá transitarse por todas las peripecias propias de los espacios nuevos, que comienzan por atesorar pequeños logros; convertir esos logros en valores a defender; difundirlos a espacios mayores, y así hasta llegar a horizontes diferentes de la actual desesperanza generalizada.  

Como guía para sumarnos al mundo productivo, creo esencial respetar una máxima que ha resistido casi en silencio el paso de dos siglos: el capital es trabajo acumulado. Este concepto pareciera haberse evaporado por la irrupción de las finanzas como protagonistas, pero no es así. 

Es totalmente legítimo asumir que sin trabajadores no hay producción; que el valor agregado por ellos a ciertas materias primas es lo que permite llegar a productos finales y acceder al mercado, consiguiendo la reproducción ampliada del capital. El trabajo genera capital, que se distribuye entre los propios trabajadores, el capitalista y el Estado administrador social, por vía de los impuestos. En esta distribución es que reside el nudo del problema capitalista, que ha conseguido instalar que sin el emprendedor capitalista no hay vida y por lo tanto, lo único que merece ser analizado es cómo maximizar el valor agregado apropiado por el capital, si es necesario a expensas de los trabajadores y del propio Estado.

El desafío es cambiar la orientación de la brújula, desde la búsqueda de ganancia del capitalista, hacia la satisfacción de las necesidades comunitarias, pensando las actividades productivas con otra mirada.

EL PRESENTE CONCRETO

Obviamente los valores dominantes en este momento histórico no pueden ser más opuestos a los deseados, a los necesarios.

No solo la distribución de ingresos se hace más y más asimétrica, sino que se la justifica con los intereses financieros colocados en un altar. El dinero es el amo y aquel que genera dinero solo con dinero es Maradona.

Está claro y fuera de toda discusión que en la superestructura política se debe pelear contra estas ideas con todos los recursos institucionales disponibles. No es en eso, sin embargo, donde queremos bucear. Quiero entender las acciones sociales deseables y posibles, que se puedan desarrollar en el seno de la comunidad. Eso aún ante la indiferencia de alguna burocracia; buscando la mejora de calidad de vida de grupos humanos, acompañada de un cambio de subjetividad, para que quienes transiten por esa experiencia se conviertan en agentes de cambio positivo.

El punto es: ¿En qué dirección moverse? ¿A qué aspirar? ¿Qué reclamar a un gobierno que manifieste vocación popular?

Para intentar contestar esto hay que colocarse en un lugar que ya es mayoritario : el de aquellos que se perciben como perdedores en la puja por un ingreso digno.

Desde allí la movida estándar es elemental: que cada uno busque más trabajo. Tendrán éxito aquellos que se crucen con emprendedores exitosos o los que ofrezcan servicios personales que tengan demanda real.

Es necesario agregar otra posibilidad: construir un mapa de las necesidades comunitarias pendientes de atender y aquellas otras que podrían recibir más atención, de manera de tener un plan para ir cubriendo esos frentes. Esto obviamente requiere una instancia de coordinación social que idealmente debería estar a cargo de un gobierno, sea provincial o municipal, pero en que también podría y debería participar toda organización social que lo perciba pertinente.

Hay un ejemplo especialmente valioso para abrir nuestras miradas, que lo aporta el grupo de pensamiento que dirige Mariana Mazzucato. Se trata de un estudio en que se sostiene que el sistema de alimentación escolar es un elemento central para promover el desarrollo local.

No es el litio, ni la minería del cobre, que bien deben ser estudiados en otro lugar. 

Es la alimentación escolar.

No se menciona allí ni la rentabilidad, ni obviamente las exportaciones o la densidad de capital necesaria. Se trata de una necesidad comunitaria imposible de obviar, que genera una demanda de productos perfectamente previsible y por lo tanto un marco para producir esos bienes, que podríamos considerar de riesgo nulo. Sin embargo, lo habitual no es contar con producción local de esos alimentos, diseminada por la geografía del sistema escolar. Por el contrario, esos comedores terminan siendo considerados como espacios de consumo a atender por las mismas marcas y los mismos sistemas de distribución que van al consumo masivo y por lo tanto, alimentar los chicos en la escuela contribuye a la concentración de la economía.

El mismo diagnóstico y la misma controversia podría extenderse a la  atención de la salud, a la vivienda, hasta la administración del ocio o del deporte y tantas demandas comunitarias.

La demanda es conocida. Los trabajadores existen y pueden ser capacitados adecuadamente; en algunos casos, en poco tiempo. La tecnología de esos bienes está disponible. El nudo mental a desatar es percibir que la unidad de producción genera el valor agregado que se transforma en capital y reproduce el proceso, por lo cual toda la operación se puede financiar a valor producto, si se elude el financiamiento como negocio. Hace falta una entidad financiera que aplique esta lógica.  Si, hace falta.

En momentos de crisis profunda como el actual hay un amplio espacio para el razonamiento que se acaba de señalar, que abarca también actividades del mercado capitalista no vinculadas de manera tan directa con las necesidades comunitarias, sino integrantes del tejido productivo industrial, que se consideran sujetas a una demanda menos rígida o conocida.

Elijo un ejemplo paradigmático, difundido con intensidad en estos días: Una producción de termos que se interrumpe, trasladando el capitalista su centro de actividad a importar termos de China.

Los analistas y la opinión pública en general dan por hechas dos cosas igualmente graves, vinculadas entre sí:

  1. Que el empresario tiene libre albedrío para tomar esa decisión. Hablo en términos conceptuales y no en términos legales o burocráticos.
  2. Que una vez tomada la decisión, desaparece un factor de producción imprescindible: el capital.

Ambas ideas concurren a dos elementos: desconocer que la inversión en maquinaria ya está realizada y especialmente desconocer el capital embebido en la experticia de los técnicos y trabajadores que producían los termos un minuto antes del cierre. Poner luz sobre esto, llevaría a una conclusión incómoda para algunos, como es que si se excluye el valor agregado apropiado por el empresario devenido importador, es muy probable que la empresa productora de termos pueda producir en términos competitivos sin problemas.

En todo caso, la Argentina está en condiciones casi perfectas para que gobiernos locales promuevan la creación de cooperativas que den continuidad a las actividades que correspondan, pagando a los empresarios renunciantes su inversión en cuotas, como alícuota de lo producido. Retomar la experiencia de las cooperativas de empresas recuperadas, pero esta vez como una forma ordenada y racional de recuperar patrimonio social, auspiciada por el Estado como administrador comunitario.

CONCLUSIÓN ORDENADORA

Muchos de nosotros nacimos a la política reclamando “combatir” al capital, lo cual significaba ampliar los derechos de los trabajadores en su tarea como dependientes de un capitalista, incluyendo allí la posibilidad de pujar por una mejor distribución del valor agregado.

Pero esa controversia siempre dejó en manos del capitalista el derecho fundamental de definir la existencia y la continuidad de la unidad productiva.

Esa delegación de responsabilidades surge nítidamente del principio capitalista que postula que sin empresario maximizador de ganancias no hay empresa. Eso es falso. Digamos de otra manera: Debemos considerarlo falso. Nos lleva al estrangulamiento de las mayorías y a que muy pocos decidan la vida de todos.

Nuestra prédica sostiene que todos sin excepción tenemos un conjunto de necesidades que compartimos. Tener como plan de vida personal y comunitaria atender esas necesidades es una meta no sólo valiosa, sino practicable. Exige como condición primaria eliminar la hegemonía excluyente del capital.

Hemos dicho algunas cosas al respecto. Economistas, sociólogos, politólogos, ingenieros expertos en alguna rama de producción o servicios, técnicos con vocación de estadistas, trabajadores especializados, tienen la palabra.

18.3.26

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